SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA-
1ªLct.:Génesis 22,1-2.9ª.15-18:Sacrificio de nuestro patriarca Abraham
Salmo 115,10.15.16-17.18-19:Caminare en presencia del Señor, en el país de la vida.
2ªLct.:Rm.8,31-34:Dios no perdonó a su propio Hijo.
Evangelio Mc.9,1-9:Este es mi Hijo amado

MI HIJO AMADO

Se estrecha nuestro corazón cuando escuchamos este relato en el que Dios pide a Abraham el sacrificio de su hijo Isaac .La cultura de aquellos pueblos que ofrecían y ofrecen sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses, nos parece inhumana como nos parece inhumana la cadena de abortos en nuestra sociedad que se denomina avanzada .Se pervierte el lenguaje para restar gravedad a lo que en sí mismo es un gravísimo desorden.

Abraham que sintió el impulso a sacrificar a su propio hijo recibido en su ancianidad, percibió también la orden de no hacerlo y esto también agradó al Señor.Uno de los comentarios más bellos sobre este pasaje lo ha escrito Sören Kierkegaard en un pequeño libro “Temor y temblor”. Cuando Isaac, el hijo amado, pregunta al padre:”He aquí el fuego y la leña pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? y Abraham responde de una forma lapidaria: Hijo mío, Dios mismo proveerá el cordero para el holocausto”,Kierkegaard pone en la mente de Abrahán una oración secreta:”Señor del cielo, es preferible que mi hijo crea que soy un monstruo antes que pierda la fe en ti”.Abraham comprendió que si le dijese a Isaac que Dios quiere que le sacrifique el muchacho no podría ya creer en Dios. Por eso prefiere que su hijo piense que es un monstruo antes de que pierda la fe en el Altísimo .Abraham ama a Dios de tal manera que no sólo está dispuesto a sacrificarle al amado de su corazón sino que se halla dispuesto también a que su hijo juzgue a su padre un monstruo antes que ese mismo hijo pierda la fe.Nuestra lectura creyente desde la novedad de Jesucristo nos lleva a interpretar este episodio de Abraham: Dios Padre amó tanto al mundo que le entregó a su propio Hijo para que tenga vida eterna. En un arrebato apostólico de Pablo así lo expresa:”El que no perdonó a su propio Hijo ¿cómo no nos dará todo con él?”

Dice S. Bernardo que un padre nunca puede querer el sufrimiento de su propio hijo. Dios no se complació en el sufrimiento de su Hijo sino en que su Hijo obedeció, confió en el Padre muriendo por amor, por la salvación del mundo

Con el salmo hemos orado: Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles. Te ofreceré un sacrificio de alabanza invocando tu nombre.

El camino penitencial que estamos recorriendo con actitudes de ayuno, limosna y oración es la respuesta a la gracia transformante que el Señor nos ofrece pues reconocemos la debilidad de nuestra carne y la necesidad de ser transformados. Y esto nos resulta difícil y fatigoso.
El pasaje evangélico que nos narra la transfiguración de Jesús ante sus íntimos es un signo de esperanza y consuelo .Estamos ante un espectáculo de luz, de amor de Dios, de felicidad, de dicha.”Qué bien se está aquí¡ Hagamos tres tiendas¡ Eternicemos esta felicidad. Y una palabra solemne ilumina aún más aquel acontecimiento :”ESTE ES MI HIJO, EL AMADO. ESCUCHADLE.”

Jesús que con sano realismo ha corregido a Pedro incapaz de entender que el Maestro va a sufrir en Jerusalén, ahora con sabia pedagogía le muestra la rendija por donde pasa a este mundo la gloria del futuro. Y les advierte:”no contéis a nadie lo que habéis visto hasta que el Hijo del Hombre no resucite de entre los muertos.”Jesús les muestra el camino del dolor y el sufrimiento iluminado por el amor y el sentido.

Esto se les quedó grabado y discutían “¿Qué quería decir aquello de resucitar de entre los muertos ?“.Así nos sucede a nosotros cuando muere un ser querido o cercano

De pronto no vieron allí a nadie más que a Jesús solo. ¡Ojalá que en los momentos más dolorosos y en los momentos más gozosos veamos a Jesús, nos sintamos sostenidos y confortados por El para entregar la vida como El.

Concluimos :Tú que nos has mandado escuchar a tu Hijo, el predilecto, alimenta nuestro espíritu con tu palabra; así con mirada limpia contemplaremos gozosos la gloria de tu rostro. S. Agustín decía que “la obra mayor de nuestra vida consiste en limpiar los ojos del corazón para ver a Dios”

Gracias, Señor, porque “en este sacramento nos das el cuerpo glorioso de tu Hijo y nos haces ya partícipes en este mundo de los bienes eternos de tu reino”

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