Jul 17

    Los animadores cristianos.

              Jesús fue llamando personalmente a sus discípulos como nos cuenta los evangelios: “...Por aquellos días, se fue él al monte a orar y se pasó la noche en la oración de Dios. Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió doce de entre ellos, a los que llamó también apóstoles: ...” (Lc 6, 12-13). La llamada parte primeramente de Dios y el hombre responde. Esa llamada está muy presente en la vida de todo cristiano y se traduce en la vocación a la que somos llamados. En la parroquia en la que trabajo que como bien sabéis esta en la amazonía peruana y abarca a dos etnias, los Kukamas y los Urarinas, hay un llamamiento muy especial y de gran valor. Me refiero a los animadores cristianos. Ellos son para la iglesia haciendo una bonita comparación como el agua que verdea y embellece los campos. En los años ochenta, hablando con padres que trabajaron en estas tierras, con orgullo me decían que había más de ciento cincuenta animadores. Hoy la realidad es bien distinta. Pero os voy a poner un poco en contexto.

             La extensión de la parroquia abarca tres distritos, Nauta, Parinari y Urarinas. Una extensión que nos hace tardar tres días para llegar a la última comunidad que visitamos. De toda la inmensidad del territorio visitamos sesenta comunidades. Y en ellas entran nuestros protagonistas. Los animadores cristianos.

    ¿Cuál es su función? Dos palabras para definirlos: servicio y acompañamiento. Esta responsabilidad no la realizan solos. Están en coordinación con el párroco y su consejo. Para una mayor explicación de sus labores os lo voy a exponer. Los domingos todos los cristianos nos reunimos para celebrar el día del Señor Resucitado. Muchos seguro que estáis acostumbrados asistir a misa y ver a un sacerdote. Aquí muchas comunidades no pueden realizar la eucaristía, pero no por ello dejan de vivir su fe. Los animadores cristianos reúnen a su comunidad, animan y participan en la Palabra donde esta impresa y sellada la fe. Esa creencia les hace ser los maestros que preparan a las familias a los sacramentos. Vallamos a otra situación. En una comunidad necesitan asesoría jurídica. Las autoridades cantidad de veces acuden al animador para que coordinen con el equipo parroquial y recibir la ayuda pertinente. En este tiempo de “coronavirus” se han convertido en un pilar por varios motivos: 1.) Han mantenido la moral firme de sus moradores, exhortando, animando y sobretodo recordando lo fuerte que es un hombre que tiene fe. 2.) Han canalizado la ayuda que la iglesia ha ofrecido a los centros sanitarios para paliar la enfermedad. 3.) Han sido la voz de las comunidades haciendo de corresponsales para la radio del Vicariato y así poder llegar no solo a las ciudades de la selva sino también del mundo. Y es que en todo momento ellos mantienen la cabeza bien alta para seguir mostrando el servicio y acompañamiento a sus comunidades.

             La iglesia da mucho valor a la formación. Y desde que llegue a la parroquia lo he podido observar. El centro de formación de la parroquia se llama “Ikua Uka” traducido “casa de la sabiduría”. En el a lo largo de la historia se han formado promotores de salud, parteras, autoridades, catequistas y por supuesto los animadores cristianos. Los animadores se forman al comienzo y al final de año. En los cursos se capacitan en el estudio de la palabra, el proyecto de la iglesia local, la identidad como pertenecientes a pueblos originarios y también hay espacio para temas que ayuden a fortalecer a las comunidades. Por ejemplo, el tema de la trata de personas, territorialidad, derechos indígenas... Es una alegría ir a las comunidades y escucharlos como predican la palabra sin caer en la literalidad y una interpretación descontextualizada. Ver como ellos toman conciencia de su identidad y la transmiten haciendo a los demás protagonistas de la lucha de sus derechos.

             Sin los animadores cristianos no habría comunidades cristianas católicas en la selva. Su servicio y acompañamiento es un ejemplo de cómo Dios sigue eligiendo y llamando.

             Para la próxima semana os voy a contar la experiencia gratificante de visitar las comunidades y la no tan gratificante de la navegación por el río cuando hay lluvia, se estropea él motor y otros pormenores que se convierten en anécdotas.

    Jul 5

    La tristeza y el encuentro con Jesús.

    La tristeza forma parte de nuestras vidas. El sentirla nos expresa que dicha emoción nos acompañara mientras estemos en esta existencia. El como lidiar con ella a la luz del evangelio es lo que vamos a reflexionar.

    La pena surge en momentos de frustración. Si perdura puede derivar en la depresión. Por ello es importante tratarla. Los evangelios se convierten en un buen instrumento para tratarla. Sus escritos parten de una experiencia con Dios reflejada en su hijo. Jesús empatizaba con los demás. Conocía muy bien los estados emocionales con los que se relacionaba. La expresión que utilizaba para despedirse era “Vete en paz”. En este término mostraba como el hombre necesita vivir en armonía con su creador y lo creado. Fijémonos en varios encuentros que tuvo Jesús con sus contemporáneos y como se relaciono con ellos ante el sentimiento de tristeza.

    La tristeza esta unida muchas veces a la pérdida de un ser querido. En los evangelios Jesús se encuentra con esta situación. La madre que lleva a su hijo a enterrar, la hija de Jairo, la muerte de Lázaro... Tanto la madre como el padre y el dolor de Marta ante la muerte de su hermano ponen la esperanza en Jesús. La confianza hace que encuentren la paz.

    La enfermedad también produce tristeza. Ella en dos sentidos. La persona que padece la enfermedad y los seres queridos que se preocupan por el que la adolece. En los evangelios nos encontramos con la enfermedad de la mujer que padecía de perdida de flujos de sangre y el centurión que tenía a un criado muy querido enfermo. En ambos casos la fe les da la sanidad y la paz.

    La indigencia es un factor que lleva a situaciones extremas. En el evangelio se nos describen varias situaciones. El ciego que pide limosna, la parábola del buen samaritano, Los diez leprosos, la mujer infiel... en estas situaciones todos ellos se ven despojados de vivir una vida digna. Jesús les restaura dándoles el honor que les corresponde como hijos de Dios. Ellos se deben a que no les juzga como a la mujer infiel, no los rechaza como a los diez leprosos y se compadece de los que necesitan su ayuda como la parábola del buen samaritano. Todas estas acciones producen la restauración de la persona.

    Los personajes descritos tienen en común que ponen su confianza en Jesús. El se convierte en el pilar donde se tiene que fundamentar la vida del cristiano. En los momentos de tristeza debemos pensar que no estamos solos. Dios nos acompaña en este proceso. Reconocer que necesitamos su ayuda implica acudir a Él. Como la parábola del hijo pródigo él nos está esperando con los brazos abiertos para darnos la paz que necesitamos.

    La fe es un pilar de la vida cristiana. Por medio de ella las situaciones que vivimos en el presente toman un matiz de un futuro esperanzador. Por ello la fe va unida a la esperanza. Cuando nos sentimos tristes, nos aferramos al presente. Creemos que no vamos a salir de ese estado de animo y nos aferramos al dolor. La fe nos hace romper con el momento actual y nos enseña la promesa de un futuro esperanzador.

    La restauración parte de situaciones donde la dignidad de la persona se ve alterada. Alguna vez en nuestra vida nos hemos sentido insultados, despreciados, infravalorados... Los sentimientos que surgen son de frustración y desconfianza hacia los demás y ello lleva a sentirnos tristes. Jesús conocía muy bien los corazones dolidos. Su medicina para sanarlos era el perdón. Cuando la persona se sentía perdonada encontraba la paz transformada en dicha. Hoy Jesús nos sigue invitando a que entremos en la dinámica del perdón.

    Por lo tanto, vivamos los momentos de tristeza a la luz del evangelio y hallaremos el camino para salir de ella.

    Jun 17

    Una historia más en tiempo de coronavirus.

    Una mujer desesperada por la enfermedad gasta todo lo que tiene en médicos. No encuentra la cura y oye de un tal Jesús. Toda la energía que le queda a su desgastado cuerpo la pone en encontrarlo. Lo halla y recibe la sanación deseada.

    La vivencia que he vivido de la pandemia en Santa Rita de Castilla (Amazonia Peruana) me ha hecho identificarme con esta mujer. Ella utiliza todos los recursos que tiene para encontrar la cura. En Santa Rita de Castilla, como párroco del pueblo pongo todas mis energías en que el virus no llegue a la comunidad. Primero junto a las autoridades locales intentando cerrar el territorio del pueblo y habilitar lugares de cuarentena. Y el virus entra en la comunidad. La preocupación me hace perder la paz. Lo que ha sucedido en las ciudades de Iquitos y Nauta presagia lo peor. La parroquia cede los locales al centro de salud para que se adapten a las necesidades de la enfermedad. La organización indígena de Mujeres Kukamas “Waynakana Kamatawara Kana” se pone en contacto con la parroquia para apoyar una campaña de recaudación de dinero y canalización de dicha ayuda al centro de salud. Con ello se logra implementar al centro de Salud de trajes de protección, activación de los promotores de salud que se formaron en la parroquia y medicamentos generales. El Vicariato Apostólico de Iquitos también se pone en contacto con la parroquia para que se canalice la ayuda de medicamentos y concentradores de oxígeno. Y todo esto hace que el virus no sea tan letal.

    La mujer enferma acude a Jesús, una vez que ha gastado todo su dinero infructuosamente en médicos. Pero, ¿Por qué acude a Él? Lo primero que me viene al pensamiento es que esta desesperada. Ya no tiene nada que perder. Ella ha oído hablar de los milagros de Jesús. Pero surge algo maravilloso en su vida. La fe. Confía plenamente en que puede ser sanada. Y esa fe se la reconoce Jesús y le da la paz que tanto necesita. La perdida de paz que he sentido no se ha desvanecido con la ayuda y el trabajo de la parroquia. y me decía para mi mismo ¿En que estoy fallando? ¿Por qué no encuentro esa paz que tanto deseo? Y la respuesta la encontré en quien pongo mis fuerzas y mi confianza. Se necesita la ayuda y el trabajo que realiza la parroquia para canalizarla. Pero más se necesita tener y sentir cerca a Dios. Esto me ha devuelto la paz.

    Jesús tenía una cercanía muy familiar con su Padre Dios. Todos los días le hablaba y las acciones que realizaba estaban llenas de ese encuentro. El se lo enseño a sus discípulos y se transmitió de generación en generación. Pero que sabias las palabras de San Pablo “Llevamos nuestra fe en vasijas de barro”. Que pronto uno se olvida de que tiene un tesoro y busca en otros lugares lo que ya tiene.

    Esta pandemia para muchos ha sido un tiempo de gracia y de encuentro con Dios. Para mí la preocupación de cómo dar respuesta a las necesidades de la parroquia unido a la opinión de los superiores ante mi trabajo, me ha hecho olvidar la oración sincera y actuar acorde a ella en mis acciones. Esto no me ha traído paz. Pero Dios siempre está pendiente de cada uno de nosotros. Y espera a que recapacitemos y volvamos a Él. Y así sucedió. Con una pregunta tan simple y a la vez tan revitalizadora ¿Por qué no encuentro esa paz que tanto deseo? Y la respuesta la tenía ante mis ojos. Habla con Dios. Y en ese encuentro halle la paz. Y con ello se me abrieron los ojos. Las acciones que se realicen hazlas siempre buscando el bien cueste lo que cueste. Las decisiones que hay que tomes ponlas antes en oración. El futuro vívelo desde la confianza de Dios en el presente. Y las opiniones solo recíbelas si buscan el bien y la verdad.

    Una vez me preguntaron ¿qué es ser cristiano? Y lo primero que me vino a la mente es la palabra humildad. Ella te hace valorar las cosas sencillas de la vida y por ende desprenderte de las falsas felicidades. Te descubre que la verdadera fortaleza se haya en el desprendimiento y la entrega de hacer el bien al prójimo. Te hace reconocer que todo procede de Dios y en el se haya el verdadero sentido de la vida. Cuando uno tiene los síntomas de la enfermedad uno se da cuenta de lo frágil que es y lo importante que es vivir desde la humildad de saber que uno necesita a Dios. La mujer enferma del evangelio toca el manto de Jesús a escondidas. Jesús siente que una fuerza sale de Él. Pregunta quien ha sido y la mujer se postra, lo reconoce y explica el porqué. En este sencillo gesto muestra la humildad de reconocer que necesita ser sanada.

    Jesús despide a la gente con la expresión “vete en paz”, esa paz procede de Dios Padre y con ella enseña que uno aun en los momentos difíciles la puede mantener. La condición de sentir la cercanía de Dios. El deseo de necesitar a Dios lleva a querer hablar con Él. Y en ese encuentro como la mujer enferma uno descubre la salvación.

    May 18

    Comenzamos...

    Jesús se despidió de sus discípulos como nos cuentan los evangelistas: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28, 18-20). Esta despedida se ha convertido para muchos en una llamada y vocación a lo largo de los siglos. Hoy como desde los primeros discípulos estás palabras de Jesús siguen vivas. San Pablo valoro mucho los dones que Dios da y que deben ser convertidos en servicio a la comunidad: “Y él mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.” (Efesios 4, 11-13) y Dios sigue constituyendo servicios a lo largo de la historia según las necesidades de cada generación. Entre todos estos servicios que son para la gloria y plenitud de Cristo se encuentra uno muy especial: El misionero. Hay muchos tipos de misioneros, yo voy hablar del misionero que deja su país, su familia, su cultura y se embarca rumbo a seguir el camino que otros antes que el hicieron el mismo camino y dejaron un legado a continuar.

    Ser misionero es una llamada que poco a poco se va convirtiendo en vocación. Y la vocación va muy unida a lo que amas. Por ello el misionero descubre en su trabajo de cada día que ama lo que realiza. Y esa realización va muy unida al lugar y a las personas con las que trabajas. Aquí comienza mi historia.

    La Orden de San Agustín en España trabaja en muchos campos, la educación, las parroquias, la universidad, la investigación... y entre ellas está la misión fuera del país. Actualmente los agustinos en España están en un proceso de unificación que culminara con una sola provincia. En este proceso se unirán cuatro provincias. Yo pertenecía a la misionera por excelencia. Ya desde el seminario menor flotaba el aire misionero. Muchos de los formadores que he tenido han misionado en tierras de América Latina y muchos de los padres misioneros que pasaban y nos hablaban de esas tierras quieras o no esas palabras iban cayendo como semillas. En el seminario mayor uno interioriza y descubre esa llamada en el estudio de la Palabra de Dios. Pero eso no quiere decir que tu espíritu este dispuesto a dejar tu país, tu tierra y arriesgarte. Tengo que decir que en esa época tenía miedo y tendrían que pasar unos nueve años. Y llego a la selva peruana donde los agustinos llevamos desde 1901 entrando a formar parte de esa tradición. El comienzo hay que decir que no ha sido fácil. Pero tampoco malo. El clima, muchísimo calor y mucha humedad, ahora acostumbrado. La comida mucho arroz, ahora acostumbrado. Las personas muy acogedoras y no tan acogedoras, como en todos los sitios que he estado, ahora sigo aprendiendo el porqué de muchas maneras de actuar. La religiosidad en general, completamente distinta a España, tienen a Dios en su día a día... y el lugar donde me destinaron... Santa Rita de Castilla. Cuando vi el río Amazonas y el Marañón el corazón se me encogió. Inmenso, majestuoso, grandioso y terrible a la vez. Y en el río marañón se encuentra la parroquia en la que llevo seis años. En estos años me encontré con unas hermanas religiosas que en su actuar mostraron el celo de la misión y el amor por estas tierras. Doloroso fue cuando decidieron cambiar de lugar. También descubrí sesenta comunidades que se visitan asiduamente y en ellas a dos pueblos originarios: Los Kukamas y los Urarinas. Los Kukamas en el río Marañón y los Urarinas en el río Urituyacu. Cada pueblo bien distinto. Los derrames de petróleo, el asalto a la lancha que tiene la parroquia, las visitas a las comunidades, la transición del cambio de nuevos párrocos y sobretodo la presencia de Dios en cada acontecimiento memorias que se convertirán en palabras y palabras que expresarán vivencias.

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