Una historia más en tiempo de coronavirus.

    Una mujer desesperada por la enfermedad gasta todo lo que tiene en médicos. No encuentra la cura y oye de un tal Jesús. Toda la energía que le queda a su desgastado cuerpo la pone en encontrarlo. Lo halla y recibe la sanación deseada.

    La vivencia que he vivido de la pandemia en Santa Rita de Castilla (Amazonia Peruana) me ha hecho identificarme con esta mujer. Ella utiliza todos los recursos que tiene para encontrar la cura. En Santa Rita de Castilla, como párroco del pueblo pongo todas mis energías en que el virus no llegue a la comunidad. Primero junto a las autoridades locales intentando cerrar el territorio del pueblo y habilitar lugares de cuarentena. Y el virus entra en la comunidad. La preocupación me hace perder la paz. Lo que ha sucedido en las ciudades de Iquitos y Nauta presagia lo peor. La parroquia cede los locales al centro de salud para que se adapten a las necesidades de la enfermedad. La organización indígena de Mujeres Kukamas “Waynakana Kamatawara Kana” se pone en contacto con la parroquia para apoyar una campaña de recaudación de dinero y canalización de dicha ayuda al centro de salud. Con ello se logra implementar al centro de Salud de trajes de protección, activación de los promotores de salud que se formaron en la parroquia y medicamentos generales. El Vicariato Apostólico de Iquitos también se pone en contacto con la parroquia para que se canalice la ayuda de medicamentos y concentradores de oxígeno. Y todo esto hace que el virus no sea tan letal.

    La mujer enferma acude a Jesús, una vez que ha gastado todo su dinero infructuosamente en médicos. Pero, ¿Por qué acude a Él? Lo primero que me viene al pensamiento es que esta desesperada. Ya no tiene nada que perder. Ella ha oído hablar de los milagros de Jesús. Pero surge algo maravilloso en su vida. La fe. Confía plenamente en que puede ser sanada. Y esa fe se la reconoce Jesús y le da la paz que tanto necesita. La perdida de paz que he sentido no se ha desvanecido con la ayuda y el trabajo de la parroquia. y me decía para mi mismo ¿En que estoy fallando? ¿Por qué no encuentro esa paz que tanto deseo? Y la respuesta la encontré en quien pongo mis fuerzas y mi confianza. Se necesita la ayuda y el trabajo que realiza la parroquia para canalizarla. Pero más se necesita tener y sentir cerca a Dios. Esto me ha devuelto la paz.

    Jesús tenía una cercanía muy familiar con su Padre Dios. Todos los días le hablaba y las acciones que realizaba estaban llenas de ese encuentro. El se lo enseño a sus discípulos y se transmitió de generación en generación. Pero que sabias las palabras de San Pablo “Llevamos nuestra fe en vasijas de barro”. Que pronto uno se olvida de que tiene un tesoro y busca en otros lugares lo que ya tiene.

    Esta pandemia para muchos ha sido un tiempo de gracia y de encuentro con Dios. Para mí la preocupación de cómo dar respuesta a las necesidades de la parroquia unido a la opinión de los superiores ante mi trabajo, me ha hecho olvidar la oración sincera y actuar acorde a ella en mis acciones. Esto no me ha traído paz. Pero Dios siempre está pendiente de cada uno de nosotros. Y espera a que recapacitemos y volvamos a Él. Y así sucedió. Con una pregunta tan simple y a la vez tan revitalizadora ¿Por qué no encuentro esa paz que tanto deseo? Y la respuesta la tenía ante mis ojos. Habla con Dios. Y en ese encuentro halle la paz. Y con ello se me abrieron los ojos. Las acciones que se realicen hazlas siempre buscando el bien cueste lo que cueste. Las decisiones que hay que tomes ponlas antes en oración. El futuro vívelo desde la confianza de Dios en el presente. Y las opiniones solo recíbelas si buscan el bien y la verdad.

    Una vez me preguntaron ¿qué es ser cristiano? Y lo primero que me vino a la mente es la palabra humildad. Ella te hace valorar las cosas sencillas de la vida y por ende desprenderte de las falsas felicidades. Te descubre que la verdadera fortaleza se haya en el desprendimiento y la entrega de hacer el bien al prójimo. Te hace reconocer que todo procede de Dios y en el se haya el verdadero sentido de la vida. Cuando uno tiene los síntomas de la enfermedad uno se da cuenta de lo frágil que es y lo importante que es vivir desde la humildad de saber que uno necesita a Dios. La mujer enferma del evangelio toca el manto de Jesús a escondidas. Jesús siente que una fuerza sale de Él. Pregunta quien ha sido y la mujer se postra, lo reconoce y explica el porqué. En este sencillo gesto muestra la humildad de reconocer que necesita ser sanada.

    Jesús despide a la gente con la expresión “vete en paz”, esa paz procede de Dios Padre y con ella enseña que uno aun en los momentos difíciles la puede mantener. La condición de sentir la cercanía de Dios. El deseo de necesitar a Dios lleva a querer hablar con Él. Y en ese encuentro como la mujer enferma uno descubre la salvación.